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viernes, 4 de diciembre de 2015

NOVENA A LA INMACUALDA CONCEPCIÓN. DIA QUINTO



Oración Inical para todos los días

 Virgen Santa e Inmaculada, 
a Ti, que eres el orgullo de nuestro pueblo 
 y el amparo maternal de nuestra ciudad, 
 nos acogemos con confianza y amor. 

 Eres toda belleza, María. 
 En Ti no hay mancha de pecado. 
 Renueva en nosotros el deseo de ser santos: 
 que en nuestras palabras resplandezca la verdad, 
 que nuestras obras sean un canto a la caridad, 
 que en nuestro cuerpo y en nuestro corazón brillen la pureza y la castidad, 
 que en nuestra vida se refleje el esplendor del Evangelio. 

 Eres toda belleza, María. En Ti se hizo carne la Palabra de Dios. 
 Ayúdanos a estar siempre atentos a la voz del Señor: 
que no seamos sordos al grito de los pobres, 
 que el sufrimiento de los enfermos y de los oprimidos no nos encuentre distraídos, 
 que la soledad de los ancianos y la indefensión de los niños no nos dejen indiferentes, 
 que amemos y respetemos siempre la vida humana. 

 Eres toda belleza, María. 
 En Ti vemos la alegría completa de la vida dichosa con Dios. 
 Haz que nunca perdamos el rumbo en este mundo: 
 que la luz de la fe ilumine nuestra vida, 
 que la fuerza consoladora de la esperanza dirija nuestros pasos, 
 que el ardor entusiasta del amor inflame nuestro corazón, 
 que nuestros ojos estén fijos en el Señor, fuente de la verdadera alegría. 

 Eres toda belleza, María. 
 Escucha nuestra oración, 
atiende a nuestra súplica: 
 que el amor misericordioso de Dios en Jesús nos seduzca, 
 que la belleza divina nos salve, a nosotros, 
a nuestra ciudad y al mundo entero. 

 Amén. 

 Francisco. Oración a la Inmaculada Concepción 8 de diciembre de 2.014

Meditación para el Quinto Día.

      Fijamos los ojos en la Inmaculada como en la Estrella que nos guía por el cielo oscuro en las expectativas e incertidumbres humanas, particularmente en este día, cuando sobre el fondo de la liturgia de Adviento brilla su solemnidad anual; la contemplamos en la eterna economía divina como la Puerta abierta, a través de la cual debe venir el Redentor del mundo. Toda nuestra esperanza de Adviento se concentra en torno a Ella: en torno al misterio de la Inmaculada Concepción, en el que, con la potencia de la elección divina, es superada la heredad originaria del pecado. 

San Juan Pablo II. Angelus, 8 de diciembre de 1.982


Oración para el Quinto Día

Señora, que no tengamos miedo a fracasar; 
 y que nuestras equivocaciones no nos asusten; 
 que obremos siempre con sinceridad y humildad; 
 que no nos creamos mejores que los mayores 
 y que reconozcamos nuestros yerros; 
 que seamos arriesgados 
 y al mismo tiempo apoyemos nuestras manos 
 en la de nuestros mayores; 
 que encontremos a Cristo, 
camino, verdad y vida, 
 y nos arrojemos en sus brazos sin miedo. 
 Que nuestra juventud se desborde 
 enriqueciendo la Iglesia de nuestros padres.

Canto a la Virgen 

 Oración a María Inmaculada en Adviento

       Madre Inmaculada, ya que estás otra vez con tu Hijo, y reinas con él en el cielo, mientras nosotros quedamos en esta tierra poblada de precarias alegrías y de preocupaciones cada vez mayores, ayúdanos a hacer de este tiempo de Adviento una espera eficaz que nos santifique y nos consagre al servicio del prójimo. No se aguarda cruzado de brazos al Señor. La acción y la oración deben llenar nuestra vida. Y cuando llegue nuestra hora y tengamos que atar nuestra gavilla para presentarla al Señor: Madre, quédate a nuestro lado. Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Alabanza a Santa María Inmaculada

          Tú eres la Llena de Gracia, la Inmacualada, Que aprendamos siempre a vivir en Gracia. 
 Dios te Salve Maria. 

 Tu eres la Virgen fiel y prudente. Que aprendamos a vivir en fidelidad. 
 Dios Te Salve María. Tú eres el auxilio de los Cristianos. 

Que tengamos coraje y valentía para testimoniar la fe. 
 Dios Te Salve María. 

 Pidase la gracia que se quiere alcanzar en esta novena
Oración Final Para todos los días. 

   ¡Oh Virgen Inmaculada, en este momento quisiera confiarte especialmente a los "pequeños" de nuestra ciudad: ante todo a los niños, y especialmente a los que están gravemente enfermos; a los muchachos pobres y a los que sufren las consecuencias de situaciones familiares duras! Vela sobre ellos y haz que sientan, en el afecto y la ayuda de quienes están a su lado, el calor del amor de Dios. 

    Te encomiendo, oh María, a los ancianos solos, a los enfermos, a los inmigrantes que encuentran dificultad para integrarse, a las familias que luchan por cuadrar sus cuentas y a las personas que no encuentran trabajo o que han perdido un puesto de trabajo indispensable para seguir adelante. 

    Enséñanos, María, a ser solidarios con quienes pasan dificultades, a colmar las desigualdades sociales cada vez más grandes; ayúdanos a cultivar un sentido más vivo del bien común, del respeto a lo que es público; impúlsanos a sentir la ciudad —y de modo especial nuestra ciudad de Roma— como patrimonio de todos, y a hacer cada uno, con conciencia y empeño, nuestra parte para construir una sociedad más justa y solidaria. 

     ¡Oh Madre Inmaculada, que eres para todos signo de segura esperanza y de consuelo, haz que nos dejemos atraer por tu pureza inmaculada! Tu belleza —Tota pulchra, cantamos hoy— nos garantiza que es posible la victoria del amor; más aún, que es cierta; nos asegura que la gracia es más fuerte que el pecado y que, por tanto, es posible el rescate de cualquier esclavitud. 

     Sí, ¡oh María!, tu nos ayudas a creer con más confianza en el bien, a apostar por la gratuidad, por el servicio, por la no violencia, por la fuerza de la verdad; nos estimulas a permanecer despiertos, a no caer en la tentación de evasiones fáciles, a afrontar con valor y responsabilidad la realidad, con sus problemas. Así lo hiciste tú, joven llamada a arriesgarlo todo por la Palabra del Señor. 

    Sé madre amorosa para nuestros jóvenes, para que tengan el valor de ser "centinelas de la mañana", y da esta virtud a todos los cristianos para que sean alma del mundo en esta época no fácil de la historia. 

 BENEDICTO XVI. 8 de diciembre de 2.008

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